
El viernes, 23 de enero fue un día histórico en el estado de Minnesota y en otras partes de Estados Unidos.
En Minneapolis, la gente se negó a ir al trabajo, a la escuela o de compras, en una muestra de rabia contra las acciones del “Servicio de Inmigración y Control de Aduanas”, es decir, el ICE, la milicia racista de Donald Trump. Hasta 100.000 personas se manifestaron al mediodía por el centro de la ciudad, a pesar del frío ártico.
Con sus acciones estrambóticas y sus declaraciones contradictorias, Trump parece un caso extremo. Sin embargo, ahora mismo, parece que la clase dirigente estadounidense acepta sus excesos, porque les beneficia.
Las clases dirigentes europeas están en un estado de confusión, porque el matón del patio que siempre las respaldaba —a cambio de una parte de sus chuches— ahora las amenaza directamente. Aun así, siguen sin tomar medidas serias contra Trump.
En todo caso, lo que está haciendo Trump en EEUU —con ICE y el resto— es un aviso de lo que la extrema derecha europea querría hacer. Y debemos recordar que en su nueva “Estrategia de Seguridad Nacional”, Trump ha declarado que respalda a esta extrema derecha y quiere que llegue al poder en Europa.
Por tanto, es esencial aprender de la magnífica protesta en Minnesota. Aquí miramos cómo se llegó hasta aquí y qué nos enseña para nuestras luchas.
Ocupación mortal
Tras unas seis semanas de redadas, miles de agentes federales han detenido a 2.000 personas: algunas migrantes, otras que se han llevado simplemente porque pensaban que parecían extranjeras.
Solo cabe mencionar algunas de las actuaciones más conocidas.
El 7 de enero, un agente del ICE asesinó con tres tiros a Renée Nicole Good. A esta mujer blanca, madre de tres hijos, la mataron mientras hacía de observadora voluntaria de las actuaciones del ICE, en un momento en que ella intentaba alejarse de los agentes. La administración de Trump la tildó de “terrorista”.
Una semana más tarde, también en Minneapolis, un agente federal disparó a Julio Sosa-Celis, un hombre venezolano sin papeles, hiriéndolo en la pierna. La versión de la agencia federal fue desmentida por otros testimonios de los hechos y por vídeos.
El domingo 18 de enero, ICE derribó la puerta de ChongLy “Scott” Thao, ciudadano estadounidense de etnia Hmong. Thao, que vive en Saint Paul, la ciudad hermana al lado de Minneapolis, nació en Laos, pero lleva medio siglo en EEUU. Agentes del ICE le apuntaron con armas, ante su nieto de cuatro años, lo detuvieron y lo sacaron a la calle, a -10ºC, vestido con sandalias y ropa interior. Más tarde, lo liberaron, sin disculparse. Fueron las y los vecinos quienes repararon su puerta.
El martes 20 de enero, ICE detuvo a Adrián Alexander Conejo Arias, un buscador de asilo ecuatoriano, delante de su casa. Al fracasar en el intento de utilizar a su hijo de cinco años, Liam, para entrar en la casa y secuestrar a su madre, se llevaron al pequeño. Trasladaron a padre e hijo a un centro de detención en Texas, a dos mil kilómetros de su hogar. De las cinco escuelas en ese distrito, Liam es el cuarto alumno en ser secuestrado por el ICE durante estas semanas, una de ellas es una niña de 10 años.
Mientras se escribía este artículo, llegaron noticias de otro asesinato a manos del ICE en Minneapolis, el sábado 24 de enero. La agencia dijo inicialmente que el muerto era un “inmigrante ilegal” y que les había amenazado con una pistola. Vídeos de los hechos examinados por el New York Times desmintieron su versión. La víctima resultó ser Alex Pretti, ciudadano estadounidense de 37 años y enfermero de cuidados intensivos; el “arma” en su mano era un móvil. Pretti sí tenía una pistola, con su permiso en regla, pero ya se la habían quitado antes de matarlo.
La rabia popular creada por hechos como estos, y muchos casos más, fue la que provocó la huelga del viernes 23 de enero.

Masiva huelga antirracista en Minnesota
Las protestas del viernes 23 de enero empezaron por la mañana, cuando miles de personas se reunieron ante el Aeropuerto de Minneapolis-St. Paul, a temperaturas de -30ºC.
Denunciaron el uso del aeropuerto para llevar a cabo deportaciones. Exigieron además que líneas aéreas como Delta dejasen de colaborar con ICE en estas deportaciones. Algunas personas llevaban pancartas con los nombres de las y los trabajadores del aeropuerto, miembros del sindicato Unite Here, que el ICE había secuestrado. La protesta la había convocado un grupo de 100 líderes religiosos que bloquearon la carretera: sufrieron detenciones en masa.
A las 14h, se inició la manifestación unitaria por el centro de Minneapolis. Hasta 100.000 personas marcharon con lemas como “huelga, huelga, huelga”, “Abolir ICE” y “Si no hay justicia, ellos no tendrán paz”.
Un miembro del sindicato del profesorado, Minneapolis Federation of Educators, declaró: “Nuestras escuelas están siendo atacadas, nuestros estudiantes han desaparecido, han sido secuestrados. No lo toleraremos más. Estamos cerrando todo. Lo estamos cerrando todo por nuestros estudiantes”.
Mientras tanto, unos centenares de personas bloquearon el edificio federal Whipple, cerca del aeropuerto, donde ICE ha encerrado a personas detenidas.
El Sindicato de Trabajadores Graduados de la Universidad de Minnesota (GLU) recomendó a sus 4.000 miembros que no se presentaran a trabajar. Una activista de este sindicato, Amy Harbourne, declaró: “Tengo la sensación de que estamos marcando la diferencia con toda esta organización”.
“Nuestra universidad no puede permanecer en silencio en un momento en que las personas migradas están bajo ataque. Como estudiantes de posgrado, ejercemos un enorme poder porque la universidad no puede funcionar sin nosotros. No lo llamamos huelga. Pero recomendamos a la plantilla que usen un día libre o pregunten a su asesor si pueden tomarse el día libre. Queremos que todo el mundo participe.”
Amy añadió que los miembros de GLU continuarán organizándose después del viernes:
“Seguiremos haciéndolo. Contamos con colaboradores comunitarios que entregan comestibles y comparten el coche para que nadie camine ni tome el autobús solo. Nos presentamos en los centros de detención de ICE para que la gente tenga adónde ir al salir de la detención. Simplemente los dejan abandonados y, a veces, no recuperan sus cosas. Por eso tenemos voluntarios que dedican todo su tiempo allí para apoyarlos, llevándolos a casa, proporcionándoles ropa de abrigo y otras cosas. Seguiremos protegiendo a nuestros vecinos y vecinas, así como ejerciendo presión pública sobre la universidad.”
Christa Sarrack, presidenta de la sección local del sindicato UNITE HERE, que representa a unas 6.000 personas trabajadoras de la hostelería de Minnesota, piensa que el viernes podría haber sido la mayor protesta laboral jamás vista en el estado. Dijo: “No podemos quedarnos de brazos cruzados y permitir que esto continúe. Debemos utilizar todas las herramientas de las que disponemos para contraatacar”.
Nina Turner, exsenadora y fundadora del grupo Huelga por Todos, publicó: “Hoy, la clase trabajadora de toda el área de Minneapolis participa en una huelga general en respuesta al terror que ICE ejerce sobre sus comunidades. Este es un momento crucial en nuestra historia; es el primer paso hacia el cambio”.
Otro manifestante dijo: “Esta es una muestra de solidaridad, una muestra de comunidad; estamos organizados, todos somos uno en esto. Ahora nos tienen miedo”.
Estudiantes de la Universidad de Minnesota se unieron a la acción. Dahir Munye, de la Asociación de Estudiantes Somalíes, declaró en la protesta: “No hay razón para que tenga que llevar mi pasaporte conmigo todo el tiempo, esperando una redada del ICE. La valentía no es la ausencia de miedo, es actuar a pesar del miedo. Y esa valentía es colectiva. El ICE no tiene que estar en Minnesota”.
Cientos de negocios somalíes y de otros orígenes cerraron durante el día. El New York Times informó que algunos negocios exhibieron carteles escritos a mano anunciando una huelga general y expresando solidaridad con la comunidad. Otros permanecieron abiertos para ofrecer bebidas calientes gratuitas a las y los manifestantes.
Movilización por todo EEUU
La convocatoria en Minnesota inspiró acciones en muchos más lugares. Según Payday Report —una web estadounidense que difunde y promueve las luchas obreras— se llevaron a cabo acciones de solidaridad en 300 ciudades de EEUU. Aquí solo caben unos ejemplos.
Unos 600 estudiantes de la escuela secundaria Duluth en Atlanta, Georgia, abandonaron sus clases para protestar. Estudiantes de más de una docena de escuelas en Cleveland, Ohio, hicieron lo mismo y salieron a la calle.
En Nueva York, estudiantes de la Universidad de Nueva York (NYU) se manifestaron en solidaridad con Minnesota tras una pancarta que decía “No acatamiento a la violencia de Trump”. Personas trabajadoras de toda la ciudad planeaban unirse a las enfermeras neoyorquinas en huelga para una concentración en Union Square, Manhattan.
El Sindicato de Maestros de Chicago, CTU, anunció que planeaba protestas en las sucursales del supermercado Target para oponerse al uso de las instalaciones de la empresa por parte del ICE como base para sus redadas. El sindicato condenó duramente el secuestro del pequeño Liam Ramos.
La noche del sábado 24 y durante domingo 25 de enero, hubo protestas urgentes para condenar al asesinato de Alex Pretti en muchas ciudades, como New York City, San Francisco, Los Ángeles, Boston y Providence, Rhode Island, además de la propia Minneapolis.
Organizada desde abajo
Como destacó un post en BlueSky (una de las alternativas a Twitter/X): “La protesta [en Minnesota] surgió de la organización para una huelga general. No de publicaciones en redes sociales sobre una huelga general, sino de la organización en los barrios, la organización del poder de los sindicatos…”
Este punto parece obvio, pero es una obviedad que demasiadas veces se pasa por alto. Es bastante típico banalizar la llamada a una huelga, incluso una huelga general, como si bastara con unos posts en Twitter o Instagram.
La huelga en Minnesota surgió de la iniciativa de una sección sindical del Service Employees International Union (SEIU, Sindicato Internacional de Empleados de Servicios). SEIU es un sindicato mayoritario; con una afiliación de casi 2 millones, es uno de los más grandes en EEUU.
Esta sección 26 del SEIU tiene 8.000 miembros, principalmente personas migradas que trabajan en la limpieza: ICE había abducido a 20 de sus miembros. SEIU buscó la ayuda de otros sindicatos para responder a las redadas del ICE.
Kieran Knutson es presidente del Local 7250 del sindicato CWA, que organiza el sector de telecomunicaciones, call centres, etc., en Minneapolis. Explicó en una entrevista con Payday Report que “Tras el asesinato de Renée Good, muchas personas dijimos: tenemos que actuar ya”.
Su sindicato CWA fue el primero en respaldar la convocatoria del SEIU. Lo siguieron más sindicatos. Conforme la convocatoria ganó fuerza, se sumó la federación sindical regional, que incluye más de 175 sindicatos con más de 80.000 miembros en el área de Minneapolis.
Knutson comentó que el movimiento sindical en Minneapolis y Saint Paul ya había aprendido a preocuparse por asuntos más allá de lo estrictamente económico con las movilizaciones de Black Lives Matter, tras el asesinato de George Floyd a manos de la policía en junio de 2020. Hubo centenares de huelgas en el mes posterior.
El dirigente sindical explica que así se crearon enlaces entre el mundo sindical y las redes de activistas en los barrios: “Creo que es muy importante entender por qué Minneapolis se resiste… Es la experiencia de lucha y las redes de organización que existen, surgidas de la lucha… Muchas de las redes que existen ahora, muchos de las personas que están al frente de esto, también formaron parte de ese movimiento.”
Junto a los sindicatos, convocaron multitud de organizaciones sociales, vecinales, religiosas…
Con esta base, relata: “hemos estado promoviendo la huelga, tanto en nuestros lugares de trabajo como en nuestras redes sociales, animando a amigos, familiares, vecinos y parientes a participar. Y ahí es donde surgió este movimiento.”

Aprender de Minneapolis
La gran movilización en Minneapolis es claramente un gran paso adelante contra una violenta milicia racista enviada por un presidente de extrema derecha. Como tal nos ofrece lecciones importantes para los movimientos contra el racismo y el fascismo en otras partes del mundo.
La verdad es que rompe muchos esquemas y tópicos.
Algunas personas de izquierdas afirman que la clave para cambiar las cosas es que la izquierda (más o menos radical, según los gustos de cada cual) tenga presencia institucional, que haya figuras de izquierdas en los cargos importantes.
En este caso, tanto el gobernador del estado de Minnesota como el alcalde de Minneapolis son progresistas. Pertenecen al Partido Demócrata-Agrario-Laborista de Minnesota, que forma parte del Partido Demócrata, pero tiene autonomía y un carácter algo reformista.
Pero, como denuncia el activista sindical Kieran Knutson: “el gobernador y el alcalde dicen que el ICE es una fuerza de ocupación, que está realizando actividades ilegales e inconstitucionales, que es violento, brutal… pero no tienen ningún programa ni plan para detenerlo”.
Desde la izquierda radical se suele reivindicar más la lucha social, pero típicamente se exige que los movimientos contra el racismo y el fascismo se basen en un programa político, con propuestas de alternativas económicas, sociales, etc., anticapitalistas. Esto es confundir el papel de una organización revolucionaria, o anticapitalista, y el de un amplio movimiento social.
En todo caso, la movilización en Minneapolis no se basó en ningún programa político alternativo, anticapitalista o no. Un factor clave de su éxito fue su amplitud, abarcando a personas y fuerzas muy diversas. (Es otra confirmación de lo que se ha visto en otras luchas exitosas contra la extrema derecha y el racismo.)
Otro argumento frecuente es que las luchas antirracistas las deben protagonizar personas racializadas, y que las personas blancas deben quedarse en segundo plano. En Minneapolis, sin embargo, parece que personas de todos los orígenes y colores participaron muy activamente, sin distinciones.
De hecho, dada la situación muy vulnerable de las personas migradas indocumentadas —muchas de éstas evitan salir a la calle por miedo a ser secuestradas— el gran peso recae en personas con ciudadanía estadounidense. Claro, estas pueden ser blancas y rubias, pueden formar parte de la importante comunidad somalí de Minneapolis, o de muchas otras etnias.
La población de EEUU, o la de cualquier país, no se puede dividir simplemente entre dos o tres categorías “raciales”. El racismo existe, evidentemente, igual que otras opresiones, y se deben combatir, pero la huelga del 23 de enero indica que existe una división cada vez más clara, la de la clase social.
Sindicalismo sin sectarismo
Ya se ha comentado la centralidad de la movilización desde abajo, en los lugares de trabajo y los barrios, en el éxito de la huelga. Y el hecho de que la gente trabajadora se ausente de sus lugares de trabajo da una fuerza especial a la protesta; obliga a muchas empresas a plantearse lo que les pueden acabar costando las tácticas de Trump.
Aquí cabe destacar el papel clave en convocar el paro de activistas y las secciones locales de los sindicatos mayoritarios. Recordemos que una semana antes del paro, con la presión desde abajo, incluso se sumó la federación regional del sindicalismo mayoritario, la AFL-CIO, típicamente muy burocrática y conservadora.
En el Estado español, hay críticas, a menudo muy fundadas, hacia los sindicatos mayoritarios. Pero a menudo no se distingue entre la burocracia y las bases, y no se entiende que no se conseguirá implicar a estas bases en una lucha unitaria mediante denuncias furibundas hacia sus organizaciones.
A veces parece que algunos sectores de la izquierda sindical prefieren quejarse de los fallos de los sindicatos mayoritarios, que hacer todo lo posible para que se sumen a la lucha. Esto requeriría buscar puntos de acuerdo; elaborar demandas compartidas por amplios sectores de la plantilla, y propuestas de acción que pueden ser combativas, pero capaces de conectar con mucha gente, más allá del activismo de siempre.
Por ejemplo, en Minneapolis, los sindicatos no hablaron de una “huelga general” —porque eso les habría puesto en la mira de graves ataques legales— sino de “Día de la Verdad y la Libertad”. No habría tenido sentido para la izquierda más combativa dedicarse a denunciarlos por ello. En efecto, fue una huelga, con o sin la palabra: si no, no podría haber una manifestación de decenas de miles de personas, durante tantas horas, en un día laborable. Además, muchos individuos y colectivos de los movimientos sociales hablaron de huelga, sin que las direcciones sindicales los contradijeran.
Sobre esto, Knutson comentó: “La flexibilidad es importante… tener iniciativa y descentralizar la campaña, permitiendo que cada persona le dé su toque personal, es una forma normal de existir en los movimientos”.
Optimismo
El periodista británico Lewis Goodall hizo un reportaje breve pero muy revelador desde el barrio de Cedar-Riverside, una zona muy diversa de Minneapolis.
Goodall se quedó impresionado y sorprendido por las patrullas vecinales contra ICE: “gente mayor, gente joven, adolescentes, madres, abuelas y abuelos, allá de pie en cada esquina, observando, porque temen que el gobierno federal vendrá para secuestrar a alguien”.
Lo que le sorprendió fue el nivel de concienciación adquirida por estas personas, que es claramente un producto de las experiencias de lucha, como explicó el sindicalista Knutson.
Una joven somalí-estadounidense, con hijab, que lideraba una patrulla, le dijo: “estamos aquí para proteger a nuestra gente. Y cuando decimos ‘nuestra gente’, queremos decir a todo el mundo, sea cual sea su origen.”
Goodall concluye: “Es muy extraño. Por muy dura y oscura que sea la situación, no te hace sentir pesimista. Entre la gente aquí hay un genuino sentimiento de unidad, de optimismo de que se puede vencer.”
Ese optimismo, ese reconocimiento del potencial de la gente corriente, es esencial para la izquierda. No sirve una izquierda que intente derivarlo todo hacia la política institucional. Tampoco una izquierda que intente imponer su programa revolucionario perfecto prefabricado. En ambos casos se trata de una izquierda que desconfía del poder de las personas e intenta mandar desde arriba.
El papel de una izquierda útil y constructiva es más bien formar parte de las luchas y los movimientos desde abajo, contribuyendo a ellos, ayudando a construirlos. Eso sí, participando en los debates, que siempre surgen.
Hay que aportar energía, apoyo práctico, pero también recuperar lecciones de luchas pasadas, para no repetir los mismos errores. Entre otras cosas, hay que reforzar esa parte del movimiento que se niega a entrar en los callejones sin salida que son la política institucional y el sectarismo cerrado.
Una lección clave de Minneapolis es que necesitamos más personas construyendo desde abajo, generalizando las experiencias de luchas. Es liderar, pero no intentando mandar desde arriba, sino codo con codo, con el resto de la gente trabajadora que, a fin de cuentas, es “nuestra gente”.
Article first printed at https://marx21.net.